Bajé del bus y la busqué con la mirada. Joder, como para no verla.
Camiseta del Hard Rock, desde mi perspectiva no alcanzaba todavía a verlos pero me habría apostado un brazo a que pantalones grises de chico y habría ganado. Vans, como no. Bandana amarilla en la cabeza a juego con las uñas y la muy freak todavía se quejaría de mis pantalones de un verde discreto. Le sonreí y fingí no haberme dado cuenta de la hora que era.
Suplicó hacer una parada en el Vecchio.
Y eso que sabía que lo odiaba. Demasiado pijo. Demasiado caro. Pero odiaba todavía más cuando se sentaba tan tranquila sin pedir nada, como quien se acomoda en el salón de su casa.
Le ofrecí invitar a los gatitos a un banquete de jamón y queso (sí, a los gatitos les gusta el queso) para conseguir arrancarla de su maldito café pijo, y mientras los gatitos comían con recelo lo que les lanzábamos, hablábamos. Porque ni ella ni yo hemos sido nunca de callar.
Hacía largas pausas entre palabras para conseguir decir algo un poco coherente, si es que aún quedaba algo de coherencia en todo aquello. Trataba de buscar sentido a la red de rumores y mentiras tejida a nuestro alrededor.
Y nunca lo encontraba.
Mmmm, el Vechio, adoro ese sitio. El café es genial, pero aún así me gusta más el del starbucks ;)
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