domingo, 26 de septiembre de 2010

Siempre nos parecía más fácil sentadas en el Vecchio.

Miré una vez más la pantalla de aquel móvil viejo que había heredado.
Y media.
Era raro que se Clau se retrasase.

Seguí esperando, hasta que, por fin, vi llegar a una chica vestida de una de las formas más extrañas posibles.

Ese día llevaba unos pantalones pitillo color verde pistacho fosforito. Muy fosforito.
Tenía puesta su camiseta de Elvis, en la que El Rey sonreía enseñando aquella hilera de dientes perfectos.
Para terminar, unas converse blancas de... cuero? Puede que fuera cuero.
Supuse que la chaqueta iría dentro del bolso de The Beatles que traía cruzado al hombro.

Como siempre, llevaba el pelo recogido en un moño alto.


-Llegas tardísimo!- Le espeté cuando porfín llegó a mi altura.
-Si? Te juro que no me di cuenta.

Sacó de su bolso un móvil verde. Verde como toda ella. Verde de envidia y de esperanza.

-Joder, si que llego tarde, lo siento!

Le dediqué una sonrisa y un "no pasa nada".

Era uno de estos típicos días de casi-otoño, en los que el sol está escondido detrás de un buen puñado de nubes, pero la luz es muy clara y te hace daño en los ojos.
En cuanto salimos de la estación de buses pusimos rumbo a vete-tú-a-saber-dónde, como hacíamos siempre.
Nunca íbamos a ningún lado.
Solo hablábamos y dejábamos que las piernas hiciésen su trabajo.

-Bueno, qué opinas de todo esto? - Dijo ella porfin.

La miré con los ojos muy abiertos, le  sonreí y dije "es una mierda", llena de resignación.

Ella se rió conmigo.

-Lo sé, lo sé. Las cosas no hacen más que empeorar, no crees? Quiero decir, sería mucho más fácil si nos sentásemos a tirarnos de los pelos, no? Violencia gratuíta justificada. Un par de puñetazos, tres gritos y  todos a casa.

Pero no era tan simple.
Aunque siempre nos parecía más fácil sentadas en el Vecchio, tomando un café, o un freddo, o nada en absoluto, porque siempre estaba tan lleno que los camareros no se llevaban la cuenta de quién entraba o no.

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